anomalía cruel con su respectiva preciosura, saynomorista morocha tal vez inteligente,
abierta pero jodida austera cuando le hablaba de nosotros, unos datos de vos (como me pesan esas tres letras).
El ataúd del querer aliado a la adicción a vos y el gustito a desolación y lejanía que trae tu remembranza, fué abierto una vez más, y entre tu evitarme con la mirada reencontré
esos gramitos de acidez que reclaman mi estar atrás tuyo como un estúpido con buen conocimiento de tu monótono no.
Librecambista de opiniones de todo tipo en cualquier situación, pero cuando te salto con nosotros dos,
el silencio es lo que mejor te sale pronunciar,
como imponiendo esa cosa de no quiero saber nada de vos tan sabida,
o simplemente demostrando esa inseguridad fingida;
escondiendo atrás de tus ojos de chocolate esa rigidez,
esa crueldad que evitás por ser una buena persona, y no herirme.
Realmente no me agrada para nada esa inseguridad ciclotímica imperecedera que siempre fulgura tu plomo.
Tu incesante reinado lautarista en el que te encanta perderte, perderte como una lunática que no puede salir, que no recuerda, que no es nadie, que no es nada enfrente mio, para no herirme.
La que maquilla todo sentimiento para no lastimarme, y no me muestra esa realidad que necesito,
pero detesto, esa acidulante que pega de verdad .
Hoy tu vuelta erosionó toda la comodidad que sedimentó mi mes alejado de tu locura tan adictiva.
Rememoró y trajo al presente ese alter-ego distímico que aturde
en este imperio mal acostumbrado a quererte más allá de todo el mal que me hagas.
Exilio de esta utopía nocturna lagrimosa, la mayor necesidad, creo yo.
Fecundar toda esa despreocupación que a veces odio llevar en mi (apaciguarte en mi, estratificarte o jerarquizarte en lo más bajo de mis preocupaciones) ,
para olvidar esa austeridad asesina que lleva tu nombre y circunda en mi cabeza todavía hoy.
Todo remite a un: Tengo que olvidar de una vez.


